Lo
aprendí con solamente veintiún o veintidós años, en el Centro Regional de
Examen de la Agencia Tributaria
de Peoria, donde me pasé dos veranos trabajando como chico del carrito. Y
aquello, de acuerdo con los tipos que me consideraron apto para hacer carrera
en la Agencia ,
me puso por encima de la media, el hecho de entender aquella verdad a una edad
en que la mayoría de gente solamente está empezando a sospechar los principios
básicos de la vida adulta: el hecho de que la vida no te debe nada; de que el
sufrimiento adopta muchas formas; de que nadie te cuidará jamás como lo hacía
tu madre; de que el corazón humano está chiflado.
Aprendí
que el mundo de los hombres tal como existe hoy día es una burocracia. Se trata
de una verdad obvia, por supuesto, aunque también es una verdad que causa
enorme sufrimiento a quienes no la conocen.
Pero
lo que es más importante, descubrí –de la única manera en que un hombre aprende
realmente las cosas importantes- el verdadero talento que se requiere para
triunfar en una burocracia. Me refiero a triunfar de verdad: a que te vaya
bien, a marcar la diferencia, a servir. Descubrí la clave. La clave no es la
eficiencia, ni la probidad, ni la reflexión, ni la sabiduría. No es la astucia
política, el don de gentes, el cociente intelectual puro y duro, la lealtad, la
amplitud de miras ni ninguna de esas cualidades que el mundo burocrático llama
virtudes y que busca en sus test. La clave es cierta capacidad que subyace a
todas estas cualidades, más o menos igual que la capacidad de respirar y
bombear la sangre subyace a todos los pensamientos y acciones.
La
clave burocrática subyacente es la capacidad para soportar el aburrimiento.
Para operar con eficiencia en un entorno que descarta todo lo que es vital y
humano. Para respirar, por así decirlo, sin aire.
La
clave es la capacidad, ya sea innata o condicionada, para encontrar el otro
lado del trabajo de a pie, de lo nimio, de lo que no tiene sentido, de lo
repetitivo y de lo absurdamente complejo. Para ser, en pocas palabras, inmune
al aburrimiento. Y en los años 1984 y 1985 yo conocí a dos hombres que lo eran.
Es
la clave de la vida moderna. Si eres inmune al aburrimiento no hay literalmente
nada que no puedas conseguir.
El rey pálido.
David
Foster Wallace
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